Si tuviera que definir esta ciudad en una frase, me quedaría con » armonía dentro del caos «.
Todo funciona dentro de un desorden generalizado que la hace vibrante y divertida. La gente, como ocurre en cualquier ciudad del mediterráneo, vive en la calle, pero aquí es más intenso y mucho más alocado.
Caminar entre el ruido de los coches y el zumbar apenas avisador de los millones de motocicletas, a las que debes de temer si quieres vivir, es simplemente una experiencia única. La algarabía de los mercados y el bullicio escandaloso del italiano del sur dan como resultado una mezcla única de ruido, color y olor.
Nápoles, es bella como la sirena Parténope , que murió en su playa al ser ignorado su canto por Ulises, aquel aventurero humano del que estaba enamorada. Su cuerpo fue enterrado en sus orillas dando nombre mitológico al primer núcleo napolitano.
Nápoles es decadente, con sus palacios oscuros, con sus callejones llenos de ropa tendida, con sus personajes escondidos en los viejos patios de sus centenarios edificios, que están decorados por pintadas multicolores y mensajes dedicados al viejo Maradona, el dios del balón que solo está debajo del auténtico Dios.
Nápoles es en definitiva la ciudad más italiana de Italia y la menos italiana, la que sobrevive a diario a su historia y cuyo camino se marca continuamente desde que aquel día Parténope sucumbió en su playa herida de muerte por no poder atraer con su canto a Ulises.
Poder fotografiar en estas calles es posiblemente una de las mejores experiencias urbanas que como fotógrafo he podido experimentar.
Todas las fotos se tomaron con una Leica III de 1936 con un Voigtlander 35mm adaptado, en el caso del Blanco y Negro, y una Rollei 35 para las de color.





















